Los test de Inteligencia (MPC – Raven)

Hacia 1947 Raven realizo unos cambios en el Test de Matrices Progresivas que dieron lugar a la aparición de la Escala Coloreada. Entre esos cambios podemos mencionar la reducción de las cinco series de la Escala General a tres en la nueva escala, la presentación de las matrices en color y la aplicación en forma de tablero. Con tales cambios Raven pretendió desarrollar un instrumento que permitiera evaluar el factor  “g” en personas que por su edad (menores a 12 años) o por su déficit intelectual no contaran con la capacidad mínima requerida para afrontar la tarea de la Escala General. 

El siguiente slide presenta un resumen de las generalidades de la Escala Coloreada (MPC). Del  mismo modo, y tratando de realizar un proceso de evaluación más especifico con respecto a los errores cometidos en las respuestas a la escala, en  la presentación se han agregado dos asuntos. El primero corresponde a los trabajos llevados cabo por las profesoras Mónica Ali, Iris Motta y Alicia Risueño de la Universidad Argentina J. F. Kennedy en la relación que existe entre la Escala Coloreada y el diagnóstico de algunos Trastornos Específicos de Aprendizaje. El segundo hace referencia a los trabajos del Dr. Alfonso Álvarez Villar con respecto a los débiles mentales y sus respuestas a los ítems de la Escala. Entiendo que habrá que realizar más trabajos en ambos aspectos, pero considero que de momento ambos temas pueden ser de ayuda.

He aquí el archivo para llevar…

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2 comentarios so far »

  1. 1

    ANGÉLICA SERRATO said,

    muycompleta lapresentación

  2. 2

    Seminario 0
    El Mito Individual del Neurótico.
    (El Hombre de las Ratas)
    Jacques Lacan
    El mito individual del neurótico(1)

    (El Hombre de las Ratas)
    Poesía y verdad en la neurosis
    Hablaré de un tema que hay que considerar, en efecto, nuevo, y que en tanto tal es difícil. La
    dificultad no es, en forma alguna, intrínseca a la exposición. Se debe a que se trata de algo de
    cierta manera nuevo que me ha permitido percibir a la vez mi experiencia analítica y durante
    una enseñanza llamada de seminario constituyó una tentativa por renovar o solamente
    profundizar la enseñanza teórica de aquello que puede plantearse como la realidad
    fundamental del análisis. Para algunos de ustedes el extraer esta parte nueva y original y hacer
    que capten su alcance más allá de esta enseñanza y experiencia puede resultar algo que
    comporte dificultades muy particulares en su exposición.
    Pido por lo tanto disculpas de antemano por si existiese alguna dificultad en la comprensión, al
    menos al principio.
    El psicoanálisis —he de decirlo y recordarlo como preámbulo— es una disciplina, la cual dentro
    del conjunto de las ciencias aparece con una posición verdaderamente particular.
    Frecuentemente se dice que el psicoanálisis no es propiamente una ciencia, lo que parecería
    indicar por oposición que se podría decir que es un arte. No se puede afirmar tal cosa si por
    arte se entiende simplemente una técnica, un método operacional, praxis, u otra cosa de este
    orden.
    Creo que el término arte debe emplearse aquí con el sentido que tenía en la Edad Media,
    cuando se hablaba de las artes liberales. Ustedes conocen la serie que desde la astronomía,
    pasando por la aritmética y la música, se dirige a la dialéctica, la gramática, la geometría. Nos
    es difícil hoy en día entender la función de ese arte y su alcance en la vida y el pensamiento
    de los maestros medievales.
    Lo que carácteriza a esas artes, y las distingue de las ciencias surgidas en última instancia de
    las artes liberales, es la permanencia en primer plano de algo que puede denominarse su
    relación esencial, básica, con la medida del hombre. Creo que tal vez el psicoanálisis es
    actualmente la única disciplina comparable con aquellas artes liberales, debido a esa relación
    interna que no se agota jamás, que es cíclica, cerrada sobre sí misma: la relación de la medida
    del hombre consigo mismo, y muy especialmente, y por excelencia, el uso del lenguaje, el uso
    de la palabra.
    Esto hace que la experiencia analítica no se agote en ninguna relación, que decisiva y
    definitivamente no sea objetivable, dado que en definitiva la propia relación analítica implica
    siempre en su seno la constitución de una verdad, que en cierta forma no puede ser dicha,
    puesto que la palabra es la que la constituye y dice y habría entonces que decir la palabra
    misma, y esto, propiamente hablando, no puede ser dicho en tanto que palabra.
    Es cierto, por otro lado, que vemos emerger del psicoanálisis una serie de técnicas que
    tienden, basadas en esa experiencia, a objetivar una serie de posibilidades de acción, de
    medios de actuar sobre el objeto humano; pero sólo se trata de ciencias en cierta forma
    siempre derivadas de ese arte fundamental constituido por la relación intersubjetiva del mismo
    análisis, relación que —como he dicho— no puede agotarse puesto que se encuentra en el
    mismo centro de lo que nos hace hombres en nuestra relación con otro hombre.
    Se trata de algo que intentaremos expresar en una fórmula esencial que muestra como en el
    seno de la experiencia analítica se encuentra algo que hablando con propiedad, se denomina,
    mito. El mito es precisamente lo que puede ser definido como otorgando una fórmula
    discursiva a esa cosa que no puede transmitirse al definir a la verdad, ya que la definición de
    la verdad sólo se apoya sobre sí misma, y la palabra progresa por sí misma, y es en el dominio
    de la verdad, donde ella se constituye.
    No puede ser àpresada ni àpresar ese movimiento de acceso a la verdad como una verdad
    objetiva, sólo puede expresarla en forma mítica, y es exactamente en ese sentido que se
    puede decir que, hasta cierto punto, aquello en lo que se concretiza la palabra intersubjetiva
    fundamental, tal como se manifiesta en la doctrina analítica, el complejo de Edipo, retiene en el
    interior mismo de la teoría analítica un valor de mito.
    Me referiré hoy a una serie de hechos experimentales que intentaré ejemplificar a propósito de
    una cosa básicamente conocida por todos aquellos que, de más cerca o de más lejos, están
    iniciados en el análisis: la existencia de un cierto número de formaciones que comprobamos
    espontáneamente en lo vivido, en la experiencia, en los sujetos neuróticos, quienes necesitan
    aportar a ese mito edípico, en tanto que está en el centro de la experiencia analítica, ciertos
    cambios de estructura correlativos a los progresos en la comprensión de esa experiencia, y de
    alguna manera lo que nos permite en un segundo momento comprender como toda la teoría
    analítica se extiende en el interior de la distancia que separa el conflicto fundamental que, a
    través de la rivalidad con el padre, vincula al sujeto a un valor simbólico fundamental.
    Ella —lo veremos— está siempre en función de cierta degradación concreta, vinculada quizá a
    condiciones y circunstancias sociales específicas; experiencia de la imagen y la figura del
    padre tendida entre esa imagen del padre y otra imagen, que la experiencia analítica nos
    permite considerar cada vez mejor.
    Ella permite así calcular las incidencias en el propio analista en tanto que, bajo una forma
    seguramente velada, enmascarada, casi renegada por la teoría analítica, alcanza de cualquier
    manera y en forma casi clandestina en la relación simbólica con el sujeto, la situación de ese
    personaje, borrado por la declinación de nuestra historia y que es en definitiva el amo, el
    maestro moral, el que inicia en la dimensión de las relaciones humanas fundamentales a quien
    está en la ignorancia, lo que puede ser llamado acceso a la conciencia, a la sabiduría incluso,
    en la toma de posesión de la condición humana.
    Les recuerdo entonces que si confiamos en una definición del mito en tanto representación
    objetivada de un epos, para decirlo todo, de un gesto que expresa de manera imaginaria las
    relaciones fundamentales carácterísticas de ser del ser humano en una época determinada, se
    puede decir con precisión de la misma manera que el mito se manifiesta a nivel social, latente
    o patente, virtual o realizado, pleno o vacío de su sentido y reducido a la idea de una mitología.
    Nosotros podemos encontrar en la propia vivencia del neurótico todo tipo de manifestaciones
    que propiamente hablando forman parte de ese esquema, y en las que se puede decir que se
    trata de un mito.
    Lo demostraré con ejemplos supuestamente familiares para todos aquellos de ustedes que se
    interesen en estas cuestiones, a propósito de una de las grandes observaciones de Freud.
    Esas grandes observaciones de Freud que periódicamente adquieren nuevo interés en la
    enseñanza, ustedes la conocen, yo no las enumeraré. Hablaré de El hombre de las Ratas. El
    caso es muy sorprendente y parece claro.
    Uno no se sorprende al escuchar opiniones como la que recientemente escuché en boca de un
    eminente colega con respecto al uso de la técnica, manifestaba cierto desprecio por esos
    textos, llegando a decir que la técnica era entonces descuidada y arcaica, lo que con todo
    puede sostenerse en relación a los progresos que hemos hecho, sobre la base de una toma de
    conciencia de la relación intersubjetiva como se manifiesta actualmente en la esencia del
    análisis, en la evolución del tratamiento, ocupando el primer plano las relaciones que se
    establecen entre el paciente y el sujeto, y el intérprete que no interpreta, de alguna manera
    sino a través de esa actualidad, lo que sirvió para constituir esa personalidad del sujeto de la
    que nos ocuparemos.
    Pero mi interlocutor extremaba las cosas hasta llegar a decir que esos casos habían sido mal
    elegidos. Se puede decir por cierto que todos son incompletos y que en última instancia son
    psicoanálisis detenidos a medio camino, que, después de todo, son trozos de análisis.
    Esto debe incitarnos, a reflexionar y a preguntarnos el por qué de tal elección por el autor,
    otorgando, entiéndase bien, confianza a Freud. No con decir que ese resultado nos aliente
    dado que muestra que con sólo la presencia de esa pizca de verdad en alguna parte, ese poco
    de verdad llega a transparentar y surge en medio de las dificultades de las trabas que la
    exposición puede oponerle.
    Creo que las cosas, no son así exactamente y que se puede decir en ese caso que el árbol de
    la práctica cotidiana esconde, a los que sostienen tal opinión, la emergencia del bosque
    surgido de esos textos freudianos.
    Yo mismo elegí El Hombre de las Ratas y creo también que el interés de la elección se justifica
    en la obra de Freud. Se trata de una neurosis obsesiva. Pienso que ninguno de quienes
    vinieron a escuchar esta conferencia pudo haber dejado de escuchar hablar de lo que se
    considera la raíz y la estructura de la neurosis obsesiva: a saber, la tensión agresiva, la fijación
    pulsional, toda la elaboración genética extremadamente compleja que el progreso de la teoría
    analítica ubicó en el origen de nuestra comprensión de la neurosis obsesiva.
    Se puede decir, por supuesto, que tal o cual fragmento de esos elementos teóricos, tal o cual
    fase familiar de esas especies de temas fantasmáticos que se encuentran siempre en el
    análisis de una neurosis obsesiva, se encuentran al leer El Hombre de las Ratas. Eso es lo que
    hace, con ese aspecto tranquilizador que adquiere para los lectores el encontrar
    manifestaciones de pensamientos familiares y divulgados, que pueda ocultársele al lector la
    originalidad y el carácter particularmente significativo y convincente de esa observación
    freudiana.
    Es seguro que toma incluso su título de una fantasía absolutamente fascinante que interviene
    en la psicología de la crisis que conduce al sujeto a la puerta del analista, cuyo valor
    desencadenante es evidente. Se trata del relato de un suplicio, el que siempre se ha visto
    beneficiado con una especie de luminosidad singular, incluso cierta celebridad, el relato de
    introducción mediante un dispositivo más o menos ingenioso de una rata más o menos
    excitada por medios artificiales en el recto de la víctima.
    Ese suplicio, cuyo relato provoca en el sujeto una especie de horror fascinante, se encuentra
    en el origen del desencadenamiento en el sujeto no de la neurosis, sino de la actualización de
    temas neuróticos, de angustia, y de toda una elaboración cuya estructura e interés
    seguidamente veremos. Ese elemento es fundamental desde el punto de vista de la teoría de
    los momentos del determinismo de una neurosis.
    ¿Quiere decir que lo que ahí se explica, y lo que por otra parte se reecontrará en todos los
    temas en la observación de El hombre de las Ratas, constituye la base de su interés? No
    solamente no lo creo, sino que en toda lectura atenta de esta observación se verá que su
    mayor interés radica en la extrema particularidad del caso. Freud destacó que cada caso debe
    estudiarse en su singularidad, como si ignoráramos todo sobre la teoría.
    Es la particularidad del caso y su valor ejemplar, bajo el ángulo de relaciones visibles,
    manifiestas, lo que está de verdad ahí en su simplicidad, y a la manera con que se dice en
    geometría que un caso particular tiene una cierta superioridad de evidencia totalmente
    deslumbrante en relación a la demostración, cuya verdad subyace, en razón de su carácter
    discursivo, velada bajo las tinieblas de una larga cadena de deducciónes.
    Mientras que un caso particular puede evidenciar algo de manera totalmente intuitiva. Se
    puede decir que nos encontraremos entonces con algo exactamente análogo a lo que ocurre
    en ese caso particular.
    En eso consiste la originalidad que salta a la vista de todo lector atento. Se puede decir que la
    constelación original de la cual emergió el desarrollo de la personalidad del El Hombre de las
    Ratas —hablo de constelación en el sentido en que los astrólogos utilizan el término—, eso de
    lo cual dependió su nacimiento y su destino, su prehistoria incluso, a saber, las relaciones
    familiares fundamentales que presidieron la unión de sus padres, lo que los condujo a esa
    unión, es algo que refiere a una relación a la que se puede tal vez definir con la fórmula de una
    cierta transformación mítica, para hablar con propiedad, una relación muy exacta con algo que
    aparece como lo más contingente, lo más fantástico, lo más paradójicamente mórbido: el
    último estado de desarrollo de lo que en esta observación se llama la gran aprensión obsesiva
    del sujeto, es decir, el escenario al que llega, escenario imaginario y que debe resolver para él
    la angustia provocada por el desencadenamiento de la gran crisis.
    Me explico. ¿Por qué la constelación familiar, la constelación original del sujeto, se consituyó
    en lo que se puede denominar la leyenda de la tradición familiar? Por el relato de cierto número
    de rasgos que tipifican o especifican la unión de los padres, de los progenitores.
    Son las siguientes: en primer lugar el hecho de que el padre, que ha sido suboficial en el inicio
    de su carrera, y que ha continuado siendo un personaje muy suboficial con lo que ello
    comporta en lo concerniente a la autoridad, pero algo irrisorio, una cierta desvalorización
    acompaña permanentemente al sujeto en la estima de sus contemporáneos, una mezcla de
    desafío y estalido, con lo que compone una especie de personaje convencional que se
    reencuentra a lo largo de la descripción del hombre simpático en las declaraciones del sujeto,
    ese padre está luego del casamiento en la siguiente posición: ha hecho lo que se llama un
    casamiento ventajoso. En efecto, es su mujer quien ha aportado, por pertenecer a un medio
    social más elevado en la jerarquía burguesa, los medios para vivir y a la vez la propia situación
    misma con la que él se beneficia en el momento de tener el hijo.
    El prestigio, entonces, está del lado de la madre. Y ese estilo de broma muy familiar entre esos
    personajes que en principio se entienden bien, y que parecen vinculados además por un afecto
    real, es una suerte de juego a menudo repetido, un diálogo entre esposos donde la mujer,
    divertido y en broma, alude a la existencia, previo al matrimonio, de una inclinación del marido
    por una muchacha pobre pero linda. El marido contesta, en cada ocasión, que es algo tan
    fugitivo como distante y olvidado.
    Pero ese juego, cuya repetición posee tal vez cierto artificio, ciertamente impresiona
    profundamente al joven sujeto que posteriormente se convertirá en nuestro paciente.
    Existe también otro elemento del mito familiar que no carece de importancia. El padre ha
    tenido, en el transcurso de su carrera militar, lo que en términos púdicos podrían llamarse
    dificultades, pero dificultades bastante serias. Lo que ha hecho, nada menos, ha sido dilapidar
    los fondos que debía cuidar como obligación de sus funciones, los fondos del regimiento, los
    ha dilapidado debido a su pasión por el juego, y su honor pudo salvarse, incluso su vida, por lo
    menos en el sentido de su carrera y de la figuración social, gracias a la intervención de un
    amigo que le prestó la suma que se debía devolver, figura del amigo salvador en este episodio
    del que siempre se habla como de algo verdaderamente importante y significativo en el pasado
    del padre.
    Así se presenta, para el joven sujeto, la constelación familiar. Desde luego, todo esto aparece
    poco a poco durante el transcurso del análisis. Y naturalmente, no es recordado por el paciente
    ni referido a lo que sucede en el momento. Se requiere todo la intuición de Freud, y habría que
    recordar en su momento lo que ha dicho para comprender como se encuentran allí elementos
    absolutamente básicos en el desencadenamiento de la neurosis obsesiva. El conflicto entre
    mujer rica y mujer pobre se reproduce muy exactamente en la vida del paciente. Precisamente,
    cuando su padre lo presiona a que se case con una mujer rica, se desencadena no solamente
    la crisis actual sino la neurosis. Y al referirse a este hecho el paciente agrega al mismo tiempo:
    “Lo que le cuento no tiene relación con lo que después me sucedió”. Freud entonces
    inmediatamente, percibe la conexión.
    Pero lo que resulta significativo, lo que se observa en un vuelo panorámico, es la estricta
    correspondencia entre esos elementos iniciales, originales y fundamentales para el sujeto, y el
    desarrollo ulterior de la obsesión fantasmática, esa obsesión engendrada por elementos
    emotivos, según el modo del pensamiento propio del obsesivo y toda suerte de temores
    obsesivos.
    Este suplicio puede concebirse como habiéndole ocurrido a las personas que le son más
    queridas, y especialmente al personaje de la mujer pobre idealizada por la cual él siente un
    amor cuyo estilo y valor veremos enseguida, la forma misma de amor de que es capaz el
    sujeto obsesivo, ya sea que ese suplicio ocurra —lo que es más paradójico aún— a su padre,
    pese a que entonces está muerto y reducido a una persona de edad imaginada en el más allá,
    pero también en el más allá de los temores fantasmáticos, una especie de aprehensión
    obsesiva de la imagen fantasmática del suplicio atormenta al sujeto y lo conduce a una serie
    de comportamientos cuyos eslabones intermedios les muestro, pero que muy paradójicamente
    culminan para él en la obligación de pagar en determinadas condiciones muy particulares, así
    como las construcciónes del obsesivo terminan por confinar con las construcciónes delirantes
    propiamente dichas.
    Se encuentra en la siguiente situación. Esto también ocurre en relación a un incidente
    producido durante los episodios que desencadenaron la neurosis. La situación, repetimos, es
    la siguiente: debe pagar el precio de un objeto que no es indiferente precisar, unos anteojos
    que ha perdido en el transcurso de importantes maniobras durante las cuales escuchó el
    relato, y se desencadenó la crisis obsesiva actual.
    Refiere la historia a uno de los oficiales, un oficial que lo impresiona mucho por su ostentación,
    el mismo relato lo confirma, cierta exhibición de gustos punitivos y de crueldad. El sujeto pide a
    su óptico de Viena que urgentemente le envíe nuevos anteojos —todo esto sucede, desde
    luego, en la antigua Austria-Hungría, antes del comienzo de la guerra del 14— por correo
    expreso. El óptico le envía una pequeña encomienda conteniendo los anteojos, y el oficial que
    ha narrado la historia le dice que debe pagar el reembolso a determinada persona, un teniente
    que ha pagado la suma por él.
    En torno a esta idea del reembolso el sujeto se hace una especie de deber neurótico de
    reembolsar la suma en determinadas condiciones. Se impone este deber en forma de esa
    orden interior que emerge en el psiquismo obsesivo, en oposición con el primer movimiento
    que se ha expresado en la forma: no pagar. Se liga así en una especie de compromiso consigo
    mismo.
    Muy pronto advierte que ese imperativo no involucra a nada inmediatamente realizado, porque
    no es el teniente quien ha pagado; nunca se ha ocupado de los asuntos del correo, no es pues
    ese teniente que nosotros llamaremos teniente A, sino el teniento B quien se ocupa de esas
    cuestiones, por lo tanto es a este último a quien debe reembolsar la suma.
    Pero el asunto no termina ahí. El sujeto sabe perfectamente —como se revela después en el
    momento en que todas esas elucubraciones se producen en él— que en realidad no debe ese
    dinero al teniente B, sino más simplemente a la encargada del correo, quien ha confiado en
    ese caballero honorable que es un oficial de los alrededores. No obstante, el sujeto se
    atormentará hasta finalizar la época de las maniobras, hasta el momento en que decide
    confiarse a Freud en un estado de angustia intensa. Se ve perseguido por un conflicto ansioso,
    carácterístico de las vivencias del obsesivo, que gira por entero alrededor de este argumento:
    ya que ha jurado reembolsar la suma, conviene, para que las catástrofes anunciadas por la
    obsesión no sobrevengan a las personas que él más quiere, que haga reembolsar la suma en
    cuestión por intermedio del teniente A, a la gEnerosa dama del correo, quien la entregará,
    delante de él, al teniente B y este mismo podrá así, reembolsar la suma al teniente A que hasta
    ahora nada tiene que ver con el asunto, cumplir su juramento, es decir llevar a cabo la
    ceremonia obsesiva que considera necesario. Ved hasta donde lo lleva la orden procedente de
    la necesidad interior que le ordena, por una especie de deducción propia de los neuróticos.
    No pueden dejar de reconocer en esta escena del paso de cierta suma de dinero de A la
    señora del correo, a la generosa dama que lo ha reemplazado en el pago; luego de la dama
    del correo otro personaje masculino, algo que en una forma completaría en ciertos aspectos,
    suplementaria en otros, paralela en determinada manera e inversa en otro aspecto, resulta ser
    el equivalente de la situación original en tanto ella pesa ciertamente, hasta determinado grado,
    en la mente del sujeto, en su formación, en sus relaciones esenciales, en todo lo que hace de
    él ese personaje —con una forma de relaciónarse muy especial con respecto a los hombres—
    que se denomina neurótico.
    Es cierto que resulta absolutamente imposible llenar ese argumento si no fuera que por ese
    hecho el sujeto sabe perfectamente que no debe nada a A ni a B; es a la encargada del correo
    a quien debe, y si el argumento se completase sería la dama del correo quien aparecería para
    que le reembolsara su gasto.
    En verdad, como sucede siempre en la vivencia real de los neuróticos, la realidad imperativa
    de lo real pasa muy por delante de todo lo que la atormenta infinitamente, incluso en el tren
    que lo lleva efectivamente en la dirección contraria a la que debería ir para cumplir con la
    ceremonia expiatoria frente a la dama del correo; se dirige hacia Viena pensando en cada
    estación que aún puede descender, cumplir todo el rito. Pero no hace nada de eso; una vez
    iniciada la cura con Freud, se limita simplemente a enviar un mandato a la encargada del
    correo.
    Por consiguiente, ese argumento fantasmático aparece como un pequeño drama; por lo
    demás, él es exactamente lo que se denomina la manifestación del mito individual del
    neurótico, en tanto expresa sin duda en una forma cerrada al sujeto pero no totalmente
    cerrada, lejos de serlo, al que lo observa y lo ayuda a liberarse en esa ocasión, algo que refleja
    exactamente, aunque resulte evidente que la relación no se ha elucidado totalmente en la
    forma puramente fáctica con que expuse la relación inicial, inaugural entre el padre, la madre y
    el personaje más o menos borrado en el pasado del amigo.
    Esta constelación adquiere su valor debido a la aprehensión subjetiva que de ella tiene el
    personaje interesado. Trataremos de ver, a través del mito mismo, a qué responde esto y lo
    que hay que pensar al respecto.
    Subrayo que lo que otorga carácter mítico a ese pequeño argumento fantasmático no resulta
    simple debido a que manifieste una especie de ceremonia significativa y que reproduzca más o
    menos exactamente relaciones que, en relación a su contenido presente son secretas, ocultas,
    pero también que modifica esas relaciones en el sentido de determinada tendencia.
    Puede decirse que en el origen existía algo que podía definirse como una deuda del padre con
    el amigo: por lo demás, he olvidado decirles que el padre nunca volvió a encontrar a este
    amigo, esto permanece en el misterio en toda la historia original del sujeto, y nunca pudo pagar
    su deuda. Por otra parte, existe algo que puede llamarse, en la historia del padre, sustitución
    de la mujer rica por la mujer pobre en el amor del padre. Y, dentro de la fantasía desarrollada
    por el sujeto, vemos algo muy singular, una especie de intercambio de los términos terminales
    de cada una de esas relaciones funcionales. Vemos que para que la deuda sea pagada, no es
    cuestión de pagársela al amigo, hay que pagarla a la mujer pobre, y la profundización de los
    hechos fundamentales en la crisis obsesiva ha revelado que lo que constituye verdaderamente
    el objeto del deseo tantálico del sujeto de volver al lugar donde está la dama del correo no es
    para nada esa dama sino un personaje que en la historia reciente encarna el personaje de la
    mujer pobre.
    Es la sirvienta de una posada que ha conocido durante las maniobras y en medio de la
    atmósfera de pasión heroica que carácteriza la fraternidad histórica, y con quien se ha
    entregado a algunas de esas operaciones de goce frívolo que carácterizan a esa generosa
    fraternidad. Se trata en cierta medida de entregar la deuda a la mujer pobre. Y el argumento
    imaginado nos muestra algo que es la sustitución de la mujer rica por la mujer pobre.
    Todo sucede como si las impasses propias de la situación original que en alguna parte no se
    resuelve, se desplazaran hacia otro lugar de la red mítica, reproduciéndose siempre en algún
    punto. Para comprender bien, es preciso señalar esto. Sin la situación original así descrita,
    aparece una especie de deuda doble, de frustración, por una parte, del personaje que se ha
    borrado, y hasta una especie de castración del padre, y, por otra parte el elemento de deuda
    social nunca resulto implicado en la relación con el personaje del plano de fondo del amigo,
    algo que en síntesis es muy diferente de la relación triangular considerada típicamente como el
    origen del desenvolvimiento y del desarrollo neurotizante propiamente dicho.
    Vemos una especie de ambigüedad, de diplopía, una situación que hace que el elemento de la
    deuda se sitúe en alguna medida en dos planos a la vez, y justamente en la imposibilidad de
    unir ambos planos se desarrollará todo el drama del neurótico, como si fuera que al tratar de
    hacerlos coincidir uno con otro se produjese una especie de operación inestable, nunca
    satisfactoria, que no llegara jamás a anudarse en ciclo.
    Es lo que sucede en lo que sigue. ¿Qué ocurre cuando El Hombre de las Ratas se confía a
    Freud, al amigo que es Freud, pues sustituye muy directamente en las relaciones afectivas del
    sujeto a un amigo que cumplía ese papel de guía, de consejero, de protector, tutor,
    tranquilizante? El sujeto ya tenía en su vida alguien que cumplía esa misión amistosa a quien
    confiaba sus obsesiones, sus angustias y que le decía: “Tú nunca causaste el mal que crees
    haber hecho, no eres culpable, no te preocupes”; pero encontrará a Freud y le hará ocupar el
    lugar de ese amigo. Y entonces, surgen rápidamente fantasías agresivas, que de ninguna
    manera se vinculan solamente con la sustitución de Freud, así como la propia interpretación de
    Freud tiende constantemente a considerarla como sustitución del padre, sino que más bien se
    vincula con el hecho de que, así como en la fantasía, se lleva a cabo una sustitución del amigo
    por la mujer rica.
    Muy pronto, en efecto, el sujeto, en esa suerte de breve delirio que constituye, al menos en los
    sujetos profundamente neuróticos una verdadera fase pasional dentro de la misma experiencia
    analítica, comienza a imaginar que Freud desea nada menos que otorgarle su propia hija, que
    él se imagina fantasmáticamente poseedora de todos los bienes de la tierra con que sueña. Y
    se lo representa en la forma muy especial y carácterística de un personaje con anteojos de
    bosta. Tiene lugar la sustitución del personaje de Freud por alguien a la vez protector y
    maléfico, ambigüo, en una relación por otra parte narcisista con el sujeto, marcado por los
    anteojos. Es impactante. El mito y la fantasía se unen.
    La experiencia pasional, relaciónada con la vivencia real y actual, en el vínculo con el analista,
    señala el pasaje, el trampolín hacia la resolución de cierto número de problemas a través de
    esas identificaciones.
    He tomado un ejemplo particular,. Quisiera insistir en él pues es una realidad clínica y puede
    servir de orientación y de guía en la experiencia analítica, y constituye un esquema general en
    el neurótico, una situación de cuarteto, cuarteto que se renueva continuamente, pero que no
    existe en un mismo plano.
    Digamos, para sintetizar las ideas, que en un sujeto de sexo masculino el problema del
    desequilibrio moral, y psíquico y es el de la asunción de su propia función en tanto tal, vale
    decir, una independencia moral, psíquica y ética, o sea la asunción de su rol en tanto se
    reconoce como tal en su función, asunción de su propio trabajo en el sentido de asumir sus
    frutos sin conflicto, sin sentir que es otro el que lo merece, o que él mismo sólo lo recibe por
    casualidad, sin que exista la división interna que hace que el sujeto sólo sea en cierta medida
    el testigo alienado de los actos de su propio yo. Tal es la primera exigencia: la otra es ésta: un
    goce que pueda considerarse pacífico e igualmente unívoco del objeto sexual una vez elegido,
    concedido a la vida del sujeto.
    Ahora bien, lo que vemos que sucede en el neurótico es algo aproximadamente así: cada vez
    que el sujeto triunfa, o tiende a obtener éxito, esta asunción de su próximo rol, en el sentido de
    que el sujeto asume en cierta medida sus responsabilidades, se torna idéntica a sí misma y se
    asegura de lo bien fundado de su propia manifestación en un complejo social determinado, y
    entonces el objeto (el personaje del compañero sexual) es quien se desdobla (en este caso, en
    la forma de la mujer rica y de la mujer pobre). Y basta con entrar, no ya en la fantasía, sino en
    la vida real del sujeto para palpar la cuestión.
    Se trata de algo verdaderamente notable en la psicología de los neuróticos: sobre todo el aura
    de anulación que rodea muy familiarmente para él al compañero sexual que tienen el máximo
    de realidad, que es el más próximo y con el cual tiene en general los vínculos más legítimos, ya
    se trata de una unión o un matrimonio, y, por otra parte, un personaje que desdobla al
    primero, objeto de una pasión más o menos idealizada, más o menos perseguida de manera
    fantasmática, con un estilo análogo al del amor pasión, y que, por lo demás, impulsa a la
    identificación realizada efectivamente en la vivencia de modo muy activo, una relación
    narcisista con el sujeto, vale decir una relación efectivamente de orden mortal.
    Y bien, este desdoblamiento del compañero sexual, del objeto del amor, si se ve al sujeto en
    otra perspectiva, en otra fase de su vida, hacer un esfuerzo para recuperar su unidad y su
    sensibilidad, constituirá para él otro extremo de la cadena relaciónal (es decir en la asunción de
    su propia función social, de su propia virilidad, ya que elegí el caso de un hombre) que el sujeto
    ve aparecer a su lado, si puede decirse, un personaje con el cual también tiene esa relación
    narcisista como relación mortal, personaje en quien delega para representarlo en el mundo, y
    que no es verdaderamente él. Se siente excluido, externo a sus propias vivencias. No puede
    asumir particularidades, contingencias, se siente en desacuerdo con su propia existencia, y en
    esta alternancia se reproduce la impasse.
    En esta forma muy especial de desdoblamiento narcisístico reside el drama personal del
    neurótico, y en relación a él adquieren todo su valor las diferentes formaciones y estructuras
    míticas que ejemplifican qué hace un instante, en forma de fantasías obsesivas, pero que
    puede encontrarse en muchas otras formas, en sueños, en muchos casos típicos en los relatos
    de mis pacientes, en los cuales pueden realmente mostrarse al sujeto las particularidades
    originales de su caso, de manera ciertamente mucho más rigurosa y viva para el sujeto que
    siguiendo los esquemas tradicionales de la tematización, si puede llamarse así, triangular del
    complejo de Edipo.
    Citaré otro caso, especialmente significativo y elocuente, para mostrar la coherencia que tiene
    con el primero. Tomaré algo que está muy cerca de la observación de El Hombre de las Ratas,
    pero con referencia a un tema de otro orden, el de la poesía o ficción literaria; un aspecto de la
    propia vida de Goethe, pero al cual no fue llevado artificialmente. Trátase de un episodio muy
    valorizado en la confidencia de El Hombre de las Ratas, uno de los temas literarios más
    valorizados por él, aquel en el cual Goethe refiere en Poesía y Verdad un episodio de su juventud Tiene por entonces veintidós años. Está en Estrasburgo. Es el célebre episodio de Federica
    Brion. Cuento cómo esta especie de pasión constituyó después, en su vida, un tema nostálgico que no se extinguió hasta una época avanzada de su existencia.
    En Dichtung Wahrheit cuenta cómo Federica Brion, hija de un pastor de una pequeña aldea cercana a Estrasburgo, logró superar la maldición que pesaba sobre él con referencia a toda relación amorosa con una mujer, y muy especialmente al beso en los labios, beso que le fuera
    prohibido debido a esa maldición, proferida por uno de sus amores anteriores, la llamada
    Lucinda.
    Lucinda lo sorprende durante una escena con su propia hermana, personaje demasido
    refinado para ser honesto, que al tratar de persuadir a Goethe de las perturbaciones que él le
    provoca a Lucinda rogándole a la vez que se aleje y que le dé a ellla la “fina mosca”, la
    garantía del último beso, entonces aparece Lucinda y dice “Malditos sean esos labios para
    siempre. Que caiga la desgracia sobre la primera que reciba su homenaje”.
    Evidentemente, no sin razón y conmoción profunda, Goethe, con toda la infatuación de una
    avasalladora adolescencia, recibe la maldición como algo que en lo sucesivo, durante largo
    tiempo, le cierra el camino de sus relaciones amorosas. Y nos refiere cómo, exaltado por el
    descubrimiento de esta joven encantadora que es Federica Brion, logra por primera vez
    superar la prohibición, y siente la ebriedad del triunfo después de esta aprenhensión de algo
    más fuerte que la asunción de sus propias prohibiciones interiores.
    ¿Qué hace él en realidad? Como ustedes saben es uno de los episodios más enigmáticos de
    la vida de Goethe, y los Goetthesforscher —esas personas muy especiales que se vinculan a
    un autor, aquellos cuyas palabras han dado forma a nuestros sentimientos, ya se llamen
    stendhalianos o bossuetistas, y que pasan el tiempo revisando los papeles y los armarios para
    analizar lo que el genio ha puesto en evidencia—, los Goethesforscher, repito, han meditado
    sobre este hecho extraordinario: el abandono de Federica por parte de Goethe. Han dado todo
    tipo de explicaciones. No quiero hacer aquí un listado de ellas. Todas rozan esa suerte de
    filisteísmo consecutivo a sus investigaciones, realízanse éstas en el plano común.
    Y en verdad, tampoco podemos dejar de decir que existe siempre una oscura ocultación de
    filisteísmo en las manifestaciones de las neurosis, pues es muy cierto que en el caso de
    Goethe se trata de una manifestación neurótica propiamente dicha, como lo demostraron las
    siguientes consideraciones.
    Hay toda clase de detalles enigmáticos en la forma en que Goethe aborda esta aventura con
    Federica Brion. Casi diría que la clave, la solución del problema se encuentra en los
    antecedentes inmediatos.
    Brevemente, Goethe, que en ese momento vive en Estrasburgo con uno de sus amigos,
    conoce desde tiempo atrás la existencia de esta familia abierta, amable, acogedora que son los
    Brion. Pero cuando va a verlos, se rodea de precauciones cuyo carácter muy divertido refiere
    en su biografía. En verdad, si se examinan los detalles, uno no puede dejar de sorprenderse de
    la estructura verdaderamente singular que parecen revelar.
    Ante todo, creo que tiene que ir disfrazado. Goethe, hijo de un gran burgués de Francfort, se
    distingue entre sus compañeros por sus finas maneras, por el prestigio de su atuendo, por un
    estilo de superioridad social. Pero para ir a ver a la hija de un Pastor, se disfraza de estudiante
    de teología, con un sobretodo muy gastado y descosido. Le acompaña su amigo y durante
    todo el trayecto ríen a carcajadas.
    Goethe, desde luego, se muestra excesivamente fastidiado cuando advierte que su arreglo no
    lo favorece, o sea cuando la realidad de la evidente y deslumbrante seducción de la joven
    surge en medio de esa atmósfera familiar. Le hace comprender que si quiere mostrarse en su
    mejor forma debe cambiar inmediatamente ese sorprendente disfraz.
    Las justificaciones que dio al partir resultan muy extrañas. Evoca nada menos que el disfraz
    que vestían los Dioses para descender en medio de los hombres, lo que parece indicar —como
    él mismo señala en el estilo del adolescente que era entonces— antes que la infatuación de
    que hablaba hace un momento, más bien algo que confina con la megalomanía delirante.
    Si observamos las cosas en detalle, el texto mismo de Goethe nos muestra su pensamiento.
    Es que después de todo, a través de esa manera de disfrazarse, los Dioses intentaban sobre
    todo evitarse disgustos, y para decirlo todo era una manera de no sentir como ofensas la
    familiaridad de los humanos, y al fin de cuentas lo que los Dioses tienen más riesgos de
    perder, cuando descienden al nivel de los hombres, es su inmortalidad, y la única manera de
    escapar a esa pérdida es ponerse en el plano de los mortales; al menos en ese momento, ellos
    tienen cierta posibilidad de que no resulte afectada esa inmortalidad.
    Tratábase, en efecto, de algo similar. Todo ello se observa mejor después, cuando Goethe
    regresa a Estrasburgo para retomar sus buenas maneras, no sin haber sentido, algo
    tardíamente, su falta de delicadeza al presentarse en una forma que no era la suya, y en cierto
    modo, haber engañado la confianza de esa gente que lo recibió con encantandora
    hospitalidad. Y realmente en ese relato se encuentra la nota misma del gemütlich.
    Regresa pues a Estrasburgo. Pero, lejos de poner en ejecución su deseo de volver a la aldea
    pomposamente vestido, no encuentra nada mejor que sustituir su primer disfraz por otro, que
    le saca a un mozo de una posada, al pasar por un pueblo que se halla en el camino.
    Aparecerá así disfrazado, esta vez en una forma aún más extraña y discordante que la
    primera. Sin duda pone la cosa en el plano del juego, pero un juego que se vuelve cada vez
    más significativo, pues ya no se ubica en el nivel del estudiante de teología, sino ligeramente
    más abajo; es una actitud bufonesca. Y todo entremezclado con una serie de detalles
    intencionales, lo que hace que en síntesis todos comprendan y sientan muy bien, todos los que
    colaboran en esta farsa que se trata de algo muy estrechamente ligado al juego sexual, al
    juego de parada.
    Hay incluso ciertos detalles que han adquirido el valor, si puede decirse, de inexactitud; pues
    como lo indica el título Dichtung und Wahrheit, Goethe tuvo neta conciencia de que tenía
    derecho y sin duda no tenía el poder de hacer lo contrario —de armonizar, de organizar sus
    recuerdos, con toda clase de ficciones que para él colman lagunas, pero cuya inexactitud ha
    demostrado el ardor de aquellos de quienes dije hace un momento seguían la pista de los
    grandes hombres, y que son tanto más reveladores de lo que puede llamarse las intenciones
    reales de toda la escena.
    Goethe nos informa, por ejemplo, que apareció con el aspecto de un mozo de posada, pero
    esta vez no solamente disfrazado sino también maquillado, diviertiéndose mucho con el quid
    prro quo que resultó. Pero he aquí que se presentó además con una torta de bautismo. Ahora
    bien, los Goeethesffforscher han demostrado que seis meses antes y seis meses después del
    episodio de Federica no hubo ningún bautismo. La torta de bautismo, homenaje tradicional al
    Pastor, no puede ser otra cosa que una fantasía goetheana. Para nosotros, la torta de
    bautismo adquiere evidentemente todo su valor significativo por la función paternal que implica,
    y el hecho de que justamente en sus recuerdos Goethe se describa como no siendo el padre,
    sino expresamente que el que aporta algo, que tiene una relación externa a la ceremonia; se
    convierte él mismo en el suboficiente, pero no en el héroe principal.
    De manera que toda esta ceremonia de sustracción aparece en verdad no sólo como un juego,
    sino mucho más profundamente como precaución, y se sitúa en el registro de lo que yo
    llamaba hace un momento el desdoblamiento de la propia función personal del sujeto en
    relación con él mismo en las manifestaciones míticas del neurótico.
    Goethe actúa así debido a que en ese momento tiene miedo, como lo manifestará luego, pues
    esa relación irá declinando.
    Y parece que, lejos de que el desencanto, el desembrujamiento de la maldición original se
    haya producido, después de que Goethe osó franquear la barrera, muy por el contrario, en
    todas las clases de formas sustitutivas, y la noción de sustitución está incluso indicada en el
    texto de Goethe, han sido siempre crecientes los temores de la realización de esta unión, y de
    este amor, y que todas las formas racionalizadas que pueden darse a ello para preservar el
    destino sagrado del poeta, incluso la diferencia de nivel social que vagamente podía
    obstaculizar la unión de Goethe con esa joven encantadora, todo ello no deja de ser, en
    apariencia, la superficie de la corriente infinitamente más profunda que es la de la huida, de la
    ocultación ante el objeto, el fin deseado, en la que también vemos reproducirse esa
    equivalencia de la que les hablaba hace un instante, desdoblamiento del sujeto, alienación en
    relación con sí mismo a la cual provee una especie de sustituto sobre el cual deben dirigirse
    todas las amenazas mortales, o muy por el contrario, cuando reintegra en alguna medida en sí
    mismo ese personaje sustituto, imposibilidad de alcanzar el fin.
    No quiero insistir. Existe también una hermana que secundariamente completa el carácter
    estructural y mítico de toda la situación. Federica tiene un doble, una hermana llamada Olivia.
    Aquí sólo puedo referir el tema general de la aventura. Pero si retoman el texto de Goethe,
    verán que lo que puede parecer aquí en una rápida exposición, una construcción, se confirma
    por toda clase de detalles extraordinariamente manifiestos y notables, incluyendo las analogías
    literarias, que da Goethe con la historia bien conocida del vicario de Wakefield, que representa
    también en el plano fantasmático una especie de equivalencia y transposición de toda la
    aventura con Federica Brion.
    ¿De qué se trata pues en este mito cuaternario, si puede decirse así, que reencontramos tan
    profundamente en el carácter de las impasses, de las insolubilidades de la situación vital de los
    neuróticos?
    He aquí algo que para nosotros se lleva a cabo como la prohibición del padre y el deseo
    incestuoso por la madre con todo lo que pueda comportar como efecto de barrera, de
    prohibido, e igualmente esas diversas proliferaciones más o menos exuberantes de síntomas
    en torno a la relación fundamental llamada edípica.
    Pues bien, creo que esto debería llevarnos a una discusión esencial de lo que representa la
    economía de la teoría antropológica general que se desprende de la doctrina analítica, tal
    como fuera enseñado hasta ahora, es decir a una crítica de todo el esquema del Edipo. Es
    cierto que esta noche no puedo ocuparme de esto. Pero debo señalar que la solución del
    problema, y si ustedes prefieren ese cuarto elemento en juego, manifiesta una estructura vivida
    muy diferente de la experiencia que en el análisis se vincula con ello.
    Efectivamente, si planteamos que la situación más normativizante de lo vivido efectivo original
    del sujeto moderno, en la forma reducida que es la estructura familiar, la forma de la familia
    conyugal, se vincula con el hecho de que el padre es el representante, la encarnación de una
    función simbólica esencial, que concentra en sí lo que hay de más esencial y dinámico en otras
    estructuras culturales, a saber, en lo que corresponde al padre de la familia conyugal, los
    goces, diremos pacíficos, pero yo digo simbólicos, culturalmente determinados, estructurados y
    basados en el amor por la madre, es decir el polo que representa el factor cultural, al cual el
    sujeto está ligado por un vínculo indiscutiblemente natural; ahora bien, digo que esta asunción
    de la función del padre supone una relación simbólica simple, en la cual en alguna medida lo
    simbólico recubrirá totalmente lo real.
    El padre no sólo sería el nombre del padre, sino realmente un padre que asume y representa
    en toda su plenitud esta función simbólica, encarnada, cristalizada en la función del padre.
    Pero resulta claro que ese recubrimiento de lo simbólico y lo real es completamente inasible, y
    que al menos en una estructura social similar a la nuestra el padre es siempre en algún
    aspecto un padre discordante en relación con su función, un padre carente, un padre humillado
    como diría Claudel, existiendo siempre una discordancia extremadamente neta entre lo
    percibido por el sujeto a nivel de lo real y esta función simbólica. En esa desviación reside ese
    algo que hace que el complejo de Edipo tenga su valor, de ningún modo normativizante, sino
    generalmente patógeno.
    Pero ello no quiere decir que hayamos avanzado mucho. El próximo paso, el que nos hace
    comprender aquello de que se trata en esta estructura cuaternaria, constituye el segundo gran
    descubrimiento del análisis, no menos importante que la manifestación de la función simbólica
    del edipismo en la formación del sujeto: la relación narcisista, relación fundamental en todo el
    desarrollo imaginario del ser humano, relación narcisista semejante en tanto se vincula con lo
    que puede denominarse la primera experiencia implícita de la muerte. Una de las experiencias
    más fundamentales, más constitutivas para el sujeto es la de esa cosa extraña a él mismo en su interior que se llama yo.
    El sujeto se ve primero en otro más terminado, más perfecto que él y que incluso ve su propia
    imagen en el espejo en una época en que la experiencia prueba que es capaz de percibirla
    como una totalidad, como un todo, mientras que él mismo se halla en la confusión original de
    todas las funciones motrices afectivas, la de los seis primeros meses después del nacimiento.
    El sujeto tiene siempre, con respecto a sí mismo, esta relación, por una parte, anticipada de su
    propia realización, lo que lo excluye de sí mismo, por una dialéctica de dos cuya estructura es
    perfectamente concebible, que lo rechaza en el plano de una insuficiencia, de una profunda
    grieta, de un desgarramiento original, de una derelicción, para usar un término heideggeriano,
    enteramente constitutivos de su condición humana, a través de lo cual su vida se integra en la
    dialética; y muy específicamente lo que se manifiesta en todas las relaciones imaginarias a
    través de las cuales existe, positivamente una especie de experiencia de la muerte original
    que, sin duda, es constitutiva de todas las formas, de todas las manifestaciones de la condición
    humana, pero más especialmente manifiesta en la conducta, en la vivencia, en la fantasía del
    neurótico.
    Es pues en la medida en que el padre imaginario y el padre simbólico puedan por lo general y
    fundamentalmente separados, y no sólo por la razón estructural, que estoy explicando, sino
    también de manera histórica, contingente, particular, del sujeto.
    En el caso de los neuróticos, en la forma más clara, es muy frecuente que el personaje del
    padre, por algún episodio de la vida real, sea un personaje desdoblado, ya sea porque el padre
    murió tempranamente, o por que un padrastro lo reemplazó y con el cual el sujeto se encuentra
    en relación mucho más fraternal, en el sentido en que ella se desarrollará en el plano de esa
    virilidad celosa que constituye la dimensión de la relación agresiva en la relación narcisista, o
    bien, tratándose del personaje de la madre, que las circunstancias de la vida permitan el
    ingreso en el grupo familiar de otra madre, o bien porque la intervención del personaje fraterno
    introduzca realmente a la vez de manera simbólica esa relación mortal de la que he hablado y
    al mismo tiempo la encarne en la historia del sujeto en una forma que le suministra un soporte
    histórico totalmente real, para culminar en el cuarteto mítico. Y muy frecuentemente, como he
    señalado en El Hombre de las Ratas, en la forma de ese amigo desconocido y nunca vuelto a
    encontrar que desempeña un papel tan esencial en la leyenda familiar; el cuarteto se reencuentra efectivamente encarnado y reintegrable en la historia del sujeto.
    Desconocerlo y desconocer su importancia es evidentemente desconocer por completo el
    elemento dinámico más importante en el tratamiento mismo. Pero estamos aquí para
    destacarlo. ¿Cuál es pues ese cuarto elemento que interviene en el edificio en su carácter de
    formador?
    Pues bien, ese cuarto elemento es la muerte, la muerte en tanto es además totalmente
    inconcebible como elemento mediador. Antes de que la teoría freudiana pusiera el acento
    definitivo con la existencia del padre, sobre una función que es, podría decirse, a la vez función
    de la palabra y función del amor, la metafísica hegeliana no vaciló en construir toda la
    fenomenología de las relaciones humanas en torno a la mediación mortal, y ella es
    perfectamente concebible como el tercero esencial del progreso por el cual el hombre se
    humaniza en una determinada relación con su semejante.
    E incluso puede decirse que la teoría del narcisismo tal como la he expuesto hace un instante
    esclarece ciertos hechos que de otro modo pueden permanecer enigmáticos en la teoría
    hegeliana, porque después de todo para que esa dialéctica de la lucha a muerte, la lucha de
    puro prestigio, pueda iniciarse, se requiere asimismo que la muerte no sea realizada pues en
    caso contrario toda la dialéctica se detendría por falta de combatientes, y por lo mismo es
    preciso que, en cierto modo, la muerte sea imaginada. En la relación narcisista, en efecto, se
    trata justamente de la muerte imaginaria e imaginada.
    Se trata también de la muerte imaginaria e imaginada, en tanto se introduce en la dialéctica del
    drama edípico en la formación del neurótico, y tal vez después de todo puede decirse, hasta
    cierto punto, que se introduce en algo que supera en mucho la formación del neurótico, algo
    que sería nada menos que una actitud existencial, tal vez más carácterística, específica del
    hombre moderno.
    Seguramente, no habría que insistir mucho para hacerme decir que ese algo que constituye la
    mediación en la experiencia analítica real, pertenece al orden de la palabra y el símbolo, y se
    llama en otro lenguaje acto de fe. Pero seguramente, desde el punto de vista teórico, no es lo
    que exige el análisis, ni tampoco lo que implica, y yo diría que se relacióna más bien con el
    registro de la última palabra pronunciada por Goethe, a quien no en vano lo he puesto esta
    noche como ejemplo, ese Goethe de quien pude decirse que por su obra, su inspiración, su
    presencia vivida, evidentemente ha impregnado de manera extraordinaria todo el pensamiento
    freudiano.
    Freud ha confesado —pero esto es poco al lado de la influencia del pensamiento de Goethe
    sobre la obra de Freud— que la lectura de los poemas de Goethe lo lanzó, lo decidió a
    estudiar medicina, y al mismo tiempo decidió su destino.
    Y es en fin una frase de Goethe, la última, la que para mí constituye la clave y el resorte de
    nuestra búsqueda, de nuestra experiencia analítica. Son palabras muy conocidas pronunciadas
    antes de sumergirse con los ojos abiertos en el negro abismo: “Luz, más luz”. “Mehr Licht”.


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